El bug como costumbre: una vida fallando

Como ya dije hace unos días, estamos en plena temporada de lanzamiento y ahora, con casi todo el pescao vendido, vemos que hay algún que otro juego que ha venido con su buena ración de errores.

El que se lleva la palma últimamente es Fallout 4, que ha demostrado reunir el máximo número de clientes cabreados por metro cuadrado. No entraré a valorar si los fallos del juego merecen el revuelo, ya que ni siquiera lo he jugado y tampoco estaba entre mis favoritos para su compra. Este tema se repite año tras año. Acaba suponiendo tanto contenido en blogs, podcasts y retransmisiones que a veces me da por pensar mal. No son bien recibidos, pero se les espera.

¿De dónde vienen los bug?

Los errores informáticos reciben el nobre de bug (bicho) debido a motivos analógicos. Ya Edison los definió en el siglo XIX como errores en sistemas eléctricos y en el siglo XX, con la aparición de los primeros mainframes, que ocupaban habitaciones enteras, se reutilizó el término cuando una polilla generó un error de funcionamiento (más info en Wikipedia). Este término se heredó en los posteriores desarrollos de software.

Imagen del log donde se atestigua el primer bug informático

El primer bug y el primer debug, en una sola imagen

Picar piedra y picar código

El desarrollo de software es una tarea durísima. Es difícil de hacer entender a los no iniciados lo complicado que es. Yo no soy programador, pero por mi trabajo necesito cierta base. Me viene muy bien entender como funciona una línea de código. Por eso sé lo fácil que es cometer un error. Una coma más allá, una variable o función mal declaradas… Y tienes el lío montado. La tarea de debugging es también ingrata.

Por eso considero que el desarrollo de software se lleva muy mal con el márketing. La imposición de plazos, los costes y el tiempo invertido siempre juegan en contra de un buen trabajo de desarrollo. Y no lo olvidemos, los videojuegos son programas, bajo las mismas condiciones que cualquier otro software.

La estandarización del bug

Si compro una casa, un coche, un frigorífico o un reloj, todos ellos vienen con su garantía de devolución. Tengo derecho a reclamar, a que me reparen el problema, a que devuelvan el dinero, a que me den otro modelo que funcione correctamente. Si el problema no es de la unidad que he comprado, sino que es una falla de producción de ese modelo en concreto, esto puede suponer algo denunciable por vía legal. Esto no sucede con el software, ni con los videojuegos.

Creo que no me equivoco si digo que buena parte de la culpa de esto es de Microsoft. No es porque sean ellos, no les tengo tanta manía. Habría pasado lo mismo si cualquier otra compañía del mundo hubiese monopolizado el mercado del PC en los años 90. Las decisiones comerciales se impusieron sobre el desarrollo de software. Por lo tanto, el único producto disponible en el mercado, irrenunciable por parte del consumidor, estaba plagado de fallos. Se dieron muchos errores en las sucesivas versiones de Windows, pero el usuario aprendió a convivir con ello. Conceptos como el del cuñado informático surgieron aquí. Me he comido muchas reinstalaciones de Windows en ordenadores ajenos como para ignorarlo.

Y se así se creó un estándar. Una asunción retorcida e injusta. La conciencia de que el software que adquieras tendrá fallos de algún tipo. Y así llegamos a 2015.

Parches de insecticida

El insecticida del bug es el parche. Correcciones que se van lanzando conforme pasan los meses y el equipo de desarrollo trabaja, quizá ya menos presionado y con menores recursos, en arreglar los errores. Sin compensación alguna para el usuario. Parece que es hasta una feature de las actuales consolas el que se puedan corregir los errores tras la compra del título. Pero el problema persiste.

¿Soluciones?

“A mí no me traigas problemas, tráeme soluciones”. Una frase que se puede aplicar en múltiples aspectos de la vida. No traigo soluciones. Pienso en algunas, pero requerirían un cambio de mentalidad a tal escala, que son casi propias de un revolucionario de sofá. No estamos preparados para corregir el rumbo de una industria que premia, como cualquier otra, los números, la rentabilidad y el beneficio.

Parece que la infestación no parará en años venideros.

 

 

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